miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sobre libros (I)

Hace bastantes años, cuando seguramente leía más que ahora (y eso que tampoco me puedo quejar, pues consigo superar la barrera tremenda de internet, el móvil y la televisión y la media nacional de lectura), llegué a una conclusión personal: prefería leer no ficción a ficción.
Cuando uno lee no ficción, por ejemplo un libro sobre un episodio histórico o un ensayo de divulgación científica sencillo, está abriendo su mente a realidades de las que puede aprender y que pueden llevarle a nuevos conocimientos, de un modo más o menos directo. Sin embargo, la ficción, que cumple su misión y es también interesante, tiene una cierta limitación en tanto que lo que cuenta es mentira, es fantasía. Leer de continuo novelas, por ejemplo, entretiene, quizá emociona, pero una vez las tapas del libro son cerradas, queda poco más que el rato que se ha pasado leyendo.
Y yo leía y leía por tanto no ficción. Aún a día de hoy sigo manteniendo este modo de pensar.

Pero llega la contradicción. Pongo un ejemplo archiconocido para quienes conocen algunas de mis preferencias literarias. Hace años leí todas las novelas de Agatha Christie y son un ejemplo perfecto de cuánto disfruté con algunas de sus mejores historias: sorprendiéndome de cuánto atrapaban, maravillándome con la habilidad de la escritora para encontrar interpretaciones inesperadas a los hechos y dejándome con la sensación de haber sido engañado, de no haber descubierto al asesino ni por asomo. 
Y bien, sus novelas son ficción, así que, ¿dónde quedaban mis argumentos? ¿Podía dejar de pensar en sus libros y en la posibilidad de encontrar historias tan atractivas como las suyas? ¿No era tan importante para mí el hecho de posar mis ojos sobre textos que hablasen de realidades?

De ese modo, me planteé que, después de todo, la ficción quizá cubría un margen de la realidad humana: la creatividad, la imaginación, la emoción, lo etéreo, el placer. Sin dejar de abandonar completamente mis razonamientos iniciales, procuré acercarme más a menudo a la ficción literaria, siendo uno de los pasos el animar a varias amigas a encontrarnos con cierta regularidad para hablar de un mismo libro. Nació así un improvisado miniclub de lectura que se llamó Cuatro Gatos y del que, aunque tan efímero en su duración como la literatura en el impacto que suele ejercer sobre mí, guardo un buen recuerdo. 

No sé si fue desde entonces, creo que sí, que tomé la costumbre de leer novelas con mucha más frecuencia, y quienes seguís mis lecturas, por ejemplo en el blog en el que las comento (www.librosprosaicos.blogspot.com.es), podéis dar fe de ello.

                                     

sábado, 26 de septiembre de 2015

El agua y yo.

Parece que últimamente el agua me invita a pensar, así que os hablo de ella.
En verano viajé a Brasil. Medio por casualidad pensé en la posibilidad de reservar un apartamento, y no una habitación de hostal como de costumbre. Se lo comenté a mi compañero de viaje y le pareció bien, pues llegábamos a Río de Janeiro a las seis de la mañana, hora a la que tener una habitación ya disponible es poco probable salvo que se esté dispuesto a pagar la noche por esas pocas horas. Mediante una web brasileña poco práctica conseguimos la reserva en una calle peatonal a apenas cinco minutos de la playa de Copacabana.
Se trataba de un piso antiguo de techos altos, una quinta planta. No había calefacción ni ventilador, ni nos hizo falta. Pero tampoco funcionaba el calentador. Eso nos obligó a calentar el agua en la cocina de gas y, con la ayuda de una pequeña jarrita, arreglárnoslas para disfrutar de nuestro necesario aseo diario.
De haberse tratado de un invierno frío (era invierno en Brasil, pero risa da a un español decir que aquello es invierno), la situación no habría tenido maldita la gracia. Yo puedo ser muy caluroso, pero cuando llega el momento de tocar el agua, soy más friolero que nadie. El caso es que la temperatura era agradable, por lo que darse una ducha, o baño, o el nombre que ese lavado improvisado pueda recibir, tuvo cierto encanto.
Lo que me llamó mucho la atención es imaginar que durante miles y miles de años, excepto por la temperatura del agua, los seres humanos nos debimos de asear así (cuando nos aseábamos): un recipiente, alguna esponja con un poco de suerte, jabón o algo similar cuando lo hubiere y poco más. Sin duda, lo más destacable es que con los pocos litros que vertía en una olla o en un cazo me sobraba. Ahí me di cuenta de que, por mucho que todos tengamos ducha o bañera y parezca la cosa más normal, desperdiciamos agua cada día de un modo abrumador. Incluso si estamos bajo la ducha el tiempo mínimo necesario para enjabonarnos y aclararnos.
Qué duda cabe de que, una vez regresé a mi casa, no me dediqué a servirme de un cazo para mi aseo diario. Es casi imposible tener una ducha y resistirse a usarla, con lo sencillo que es abrir un grifo que además está conectado a un calentador. Sin embargo, repito que el hábito de la ducha, por extendido que esté, me sigue pareciendo un desperdicio.
Por si se me olvidaba la aventura acuática brasileña, en el piso tercero de mi edificio una tubería se decidió a partirse en dos, así que cuando un chorro empezó a caer por la pared del patio de vecinos hubo que cerrar la llave general. La vida, el universo, o lo que fuere, se empeñaba en que usásemos menos agua. Y se empeñaba duro, pues el piso desde el que se escapaba estaba vacío, su dueño medio desaparecido por impagos y hubo que hablar con abogados para conseguir el permiso que le abriese el camino legalmente a un fontanero. Fueron, por tanto, cinco días de sequía durante los que solamente abríamos la llave general del agua un par de horas diarias y con eso debíamos tener suficiente.

En fin, ya he hablado del agua. Podría quizá otro día hablar del plástico, y en ambos casos estaría ejerciendo, con toda probabilidad, de futurólogo…