miércoles, 29 de enero de 2025

En la misma dirección, otra vez.

 



Cuando no importa qué se observa que puede reducir gastos y mantener o incrementar los beneficios, se anuncia en todas direcciones. Es el caso de la inteligencia artificial, aunque inteligencia como tal no es.
Me abstendré de hablar de sus ventajas, que el lector ya conoce o supone.
Más bien pondré un ejemplo personal verídico de que, igual que un cuchillo, se trata de una herramienta teóricamente interesante que ya está cayendo en las manos de quien no debe.
He comprado un producto. Necesito hacer un trámite en relación con la compra, para lo que debo dirigirme online a la empresa que lo ha creado. Envío un email explicando la gestión que deseo llevar a cabo y, para mi sorpresa, me responden en apenas dos minutos. Dejo en suspenso cierta sospecha, contesto el nuevo correo y me contestan a su vez con la misma celeridad. Así, durante varios días, se inicia un intercambio de mensajes que no solucionan en absoluto el asunto. No solamente eso, sino que una amiga, relacionada también con el asunto, escribe a su vez otro email... ¡y recibe una información diferente a la mía, de modo que o bien lo que se me ha dicho a mí o lo que se le ha dicho a ella es contradictorio! ¡Nos están mintiendo!
Mi amiga encuentra un número de teléfono. Respiro aliviado y llamo. Responde un mensaje automático indicando que están teniendo problemas con la línea y que contactemos por email, donde un robot nos podrá atender las veinticuatro horas del día. Mi sospecha queda confirmada: los correos los estaba gestionando un robot. 
Así que estamos ante un callejón sin salida y, a todas luces, tendremos que recurrir a una Oficina de Consumo donde, esta vez así, nos atenderá un ser humano.

Estamos en un momento histórico -ya desde hace muchos años- en los que cualquier avance se emplea con el objetivo de reducir recursos y, en consecuencia, aumentar los beneficios. Si además los gobernantes trabajan, en casi todos los casos, bajo la asunción de que los lobbies poderosos son quienes importan... ahí tenemos el resultado: el ser humano y su bienestar no son el fin último de la organización de la sociedad.
Lo llaman libertad, algunos.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Inu, prima, creación.

 Hace hoy dos meses falleció mi estupendo perro Inu. No me gusta decir "mi" porque no era mío, y si lo llamase mío, entonces yo también sería suyo a su vez. Al suceder de manera repentina, en un paseo que tuvo comienzo sin regreso, va llevando su tiempo asumir que él ya no está y recordar cómo es vivir sin sentirse junto a otro ser vivo que, para tu asombro, solamente quiere estar tranquilo, a tu lado y recibir amor. Sin duda, un fallecimiento (sí, incluso el de un animal) permite recordar la fragilidad del hilo vital que nos sostiene y el sumo desconocimiento que poseemos respecto a lo que mañana o la próxima semana aparecerá, lo cual a veces nos lleva también a gratas sorpresas.
Hace pocas semanas, le pregunté a una compañera de trabajo cómo le había ido el curso en línea que había estado haciendo durante esa mañana, a lo cual me respondió que en realidad había estado de entierro porque una prima suya, con solamente treinta y nueve años, había fallecido de un aneurisma de repente, dejando además pareja, hijos y supongo que padres.
Si bien la despedida de mi perro me tocó de modo mucho más profundo, por lo que sea conocer la joven edad de esa chica fallecida me dejó pensando una vez más en la suerte que tenemos de cada momento que vivimos. Me sorprendió, además, dejarme llevar por tal idea, que se escucha con cierta frecuencia pero que, personalmente, tiendo a considerar un poco cursi y casi tremendista.
Añadiré un tercer elemento a este relato verídico. En un libro sobre filosofía escrito a modo de divulgación que ayer comencé a leer, y en el que el autor, filósofo, emplea preguntas y reflexiones de sus hijos de escuela primaria, una de las preguntas que encontré fue si, en el caso de que exista un Creador así con mayúscula, llámele cada uno como quiera según su preferencia, tal Creador había originado la existencia en un momento inicial y ahora, quién sabe si con pequeños retoques ocasionales, se limitaba a observar lo que se iba desarrollando o si, por el contrario, a cada momento creaba el siguiente instante. 

Todo esto me lleva a lo dicho: a ese no saber mucho en realidad, a observar la realidad rápida del mundo actual como quien no se molesta en observar los árboles y casas que atraviesan como una ráfaga la ventana del tren en el que viajamos, a tratar de no dar nada por hecho, a jugar desde la alegría a suponer por un momento que el tiempo por delante sea mucho menos que el que creemos y, en definitiva, a acercarme a lo que, buscándolo o permitiéndolo, el día me lleve a experimentar. 

Creo que si uno aspira a simplemente ser, seleccionando los momentos en los que reflexionar sobre el futuro o el pasado, entrará en un camino sencillo que le aproxime a sí mismo, a sus emociones, y que la vida que desee vivir se sienta, por un lado, más próxima, más a mano, y por otro se pueda atrapar -sin apego- y transitar poniendo la mayor parte de nuestras células en ello.



miércoles, 27 de abril de 2016

Gotita.

A veces se nos ocurren ideas que, importantes o no, desaparecen enseguida si no las afianzamos en un papel. Hoy me limitaré a atrapar esa gotita en estas líneas por si puede haber algo de cierto en ella.
Y es que me quedo pensando que tanto en facebook, como en los divertidos monólogos de la tele, como en las coñas que nos enviamos por whatsapp, como en algunos programas cotillas de buenas audiencias... hay un elemento sospechosamente común: todos ellos se fundamentan casi siempre en el desprestigio del vecino. Monólogo de las madres pesadas, coña sobre el último imbécil que nos ha molestado en el trabajo, intimidades ajenas contadas en un plató, y así un largo etcétera. 
¿Por qué nos fijamos tan poco en quienes manejan los hilos a nivel macro? Ellos salen bastante indemnes y, aunque cada vez sus movimientos pasan menos desapercibidos, las críticas que reciben son en menor proporción, a tenor de la importancia y a veces gravedad de sus actos, que las que llegan al don fulanito con el que nos cruzamos día a día.
Vaya, que aunque el humor es necesario y no digo que sea inadecuado, cuando escucho risas sobre uno de nosotros, me puedo reír pero recordando la presente reflexión...

sábado, 12 de marzo de 2016

Mi vida paralela.


Dicen que una decisión tomada es una decisión abandonada, pues nunca sabremos qué habría sido de nosotros en caso de haber seguido otro camino.
No es mi caso. Elegí dedicarme a la docencia, pero sé que habría sido feliz estudiando Biblioteconomía y viviendo entre libros. Lo sé porque ese otro destino mío me saluda a menudo y me rodeo de estanterías de papel varias veces a la semana. Así me concentro, estudio, hojeo y me siento bien.
Es una forma cotidiana de vislumbrar ese otro yo de mi otra dimensión.

sábado, 5 de diciembre de 2015

La alteridad en educación.

Aunque el título de este artículo pueda hacer pensar el lector que me propongo divagar sin fin sobre un mundo tan extenso (y en el que casi cualquiera se siente capaz de opinar) como el de la educación, me voy a limitar a un ejemplo personal y particular que me llevará bastante pocas palabras.
Es pronto para echar las campanas al vuelo, ya que el barco se puede hundir en cualquier momento; sin embargo, el barco zarpó hace casi tres meses y sigue navegando, lo cual no es poco. Hablo de las clases de árabe a las que asisto. 
Hace unos años me apunté, por afán de aprender un idioma muy distinto al español, a clases de japonés, La razón por la que lo abandoné y me "resigné" a estudiar portugués (idioma que terminó gustándome mucho) fue porque asistir a las clases consistía en conocer decenas de palabras nuevas, estudiar y repasar ciento ochenta símbolos básicos (el hiragana y el katakana) e ir conociendo una gramática que parecía poco complicada. Es decir, las dificultades esenciales eran memorísticas, y ni disfruto de una memoria excelente ni encuentro placer en pasar cinco o seis años de mi vida tratando de memorizar cosas como misión primordial; tengo otro concepto del aprendizaje de un idioma. La profesora que me tocó influyó en parte, enseguida iré a ello.
Recientemente, precisamente tras terminar las clases de portugués (terminar es un decir, pero en Zaragoza solamente se puede aspirar a encontrar clases regladas hasta el nivel B1), barajé varias nuevas posibilidades y, poco convencido, acabé por escoger el árabe. Poco convencido porque se trata de un idioma complejo, muy distinto y supuse que haría aguas como había sucedido con el japonés.
Pero ha habido una diferencia fundamental. Por un lado, el idioma utiliza en esencia veintinueve letras; no son ciento ochenta (más miles de kanjis) como el japonés. Por otro, la profesora tiene fundamentalmente sentido común. En clase se van trabajando las letras, su caligrafía, después algunas palabras, el vocabulario, traducción de un idioma a otro, pronunciación, aspectos culturales... a un ritmo dosificado, medido, que tiene presente el bofetón cerebral que una lengua tan diferente representa para el estudiante. 
A pesar de ello, hay que ir a clase sin falta y ser exquisitamente constante estudiando y repasando el vocabulario, ya que cuesta retener cada palabra y se debe aprender no solamente cómo se dice sino su escritura, ya que una cosa ayuda a la otra. 
Mi reflexión quiere destacar el hecho de que, así como la profesora de japonés se limitaba a mostrar el significado de nuevas palabras y repetir las cosas a través de ejercicios mecánicos, en el caso de la de árabe las actividades son más variadas, el ritmo de avance en los aspectos del idioma y la cantidad de vocabulario está medido para disminuir la probabilidad de que el aprendiz se sature y todo ello, por ahora, es lo que está consiguiendo que el poco tiempo que yo me auguraba en clases de árabe haya sido un pronóstico errado. 
Como ya sabíamos, las propuestas del profesor, su modo de mostrar lo que enseña, influye decisivamente en el aprendizaje de sus estudiantes.




martes, 20 de octubre de 2015

El museo de los sueños.

Trabajo en un colegio público bilingüe. Cuando sucedió lo que paso a contar, era tutor de 1º de primaria, lo que significa que impartía a mis alumnos las áreas de matemáticas, de lengua y de Science y apoyaba en el área de Literacy.
Mis compañeras de nivel y yo estábamos creando material propio. Es decir, queríamos salirnos un poco de la dictadura del libro de texto (que mantiene su poder porque, ¡qué raro!, poderoso caballero es Don Dinero) y jugamos a, respetando como no puede ser de otro modo los contenidos a impartir en el curso, inventar sesiones con material propio que hilvanasen tales contenidos y diesen más sentido a su tratamiento en el aula.
En ello estábamos cuando un hecho normal me ayudó en dicho proceso creativo. Un día fui al baño de mi planta y encontré que alguien había dejado un rollo de papel higiénico vacío cuidadosamente apoyado sobre la cisterna. Pensé en la vagancia que el rollo representaba y no le di más importancia al hecho; tampoco lo moví de su sitio, quizá por la misma razón que esa persona anónima o por prisa, elemento lamentablemente muy presente en el día a día del maestro. 
Al día siguiente, en el cuarto de baño, el rollo proseguía allí. Me tronchaba de imaginar cuántas personas visitábamos aquel lugar y el modo feliz en que no osábamos verterlo a la papelera que estaba junto al lavabo. Y así pasaron dos, tres, cinco días...
Mi sentido del humor sarcástico, o inefable, halló un punto al que dirigir su energía. Encontré un hueco (muy al estilo, insisto, de los maestros, que a menudo comen corrigiendo exámenes o se coordinan entre ellos por medios virtuales) para mostrar mi encanto y diversión: elaboré una ficha que imitaba las de los museos y en ella incluí el tamaño del rollo, el material del que estaba hecho, el año en que fue elaborado, su autor y finalmente el significado que aquella obra de arte nueva poseía. Con un poquito de celofán la coloqué en su sitio y allí estuvo unos días hasta que quien fuese la llevó por fin a su lugar.
Una compañera, pasados unos días, me comentó que había visto la ficha. "Te agradezco el detalle, porque me ha hecho pensar que podría elaborar fichas así con mis alumnos de quinto curso". ¡Toma ya! Una chorradilla graciosa acababa de inspirar a alguien en su trabajo. Sin duda, pensé, la chispa de la creatividad y de la motivación nace de modos inesperados.
Lo mejor de todo es que la carambola me benefició: consideré, un rato después, que mi compañera tenía razón y que se podía sacar partido pedagógico de aquello.
Y de golpe y porrazo, como no puede ser de otro modo cuando el rayo mágico cae sobre nosotros, nació El museo de los sueños: mis alumnos crearían sus propias obras de arte, así como su ficha explicativa, y para que estuvieran motivados sus papás irían al aula a verlas al final de tal unidad didáctica. Además, para no ser exclusivamente un proceso artístico, me inventaría, me inventé, una especie de cuento o narración que cada día avanzaba: trataba sobre unos niños que eran mágicamente transportados a un extraño museo y... (Hay que ser mi alumno para saber lo que sucede, lo siento, es secreto). Por supuesto, tanto en el camino al museo como dentro de él habría viajes en vagoneta que requerían hacer cálculos matemáticos, instrucciones relacionadas con estilos pictóricos, búsqueda de información para desenmascarar a ciertos personajes...
Gracias, individuo anónimo, por ser tan perezoso. 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sobre libros (I)

Hace bastantes años, cuando seguramente leía más que ahora (y eso que tampoco me puedo quejar, pues consigo superar la barrera tremenda de internet, el móvil y la televisión y la media nacional de lectura), llegué a una conclusión personal: prefería leer no ficción a ficción.
Cuando uno lee no ficción, por ejemplo un libro sobre un episodio histórico o un ensayo de divulgación científica sencillo, está abriendo su mente a realidades de las que puede aprender y que pueden llevarle a nuevos conocimientos, de un modo más o menos directo. Sin embargo, la ficción, que cumple su misión y es también interesante, tiene una cierta limitación en tanto que lo que cuenta es mentira, es fantasía. Leer de continuo novelas, por ejemplo, entretiene, quizá emociona, pero una vez las tapas del libro son cerradas, queda poco más que el rato que se ha pasado leyendo.
Y yo leía y leía por tanto no ficción. Aún a día de hoy sigo manteniendo este modo de pensar.

Pero llega la contradicción. Pongo un ejemplo archiconocido para quienes conocen algunas de mis preferencias literarias. Hace años leí todas las novelas de Agatha Christie y son un ejemplo perfecto de cuánto disfruté con algunas de sus mejores historias: sorprendiéndome de cuánto atrapaban, maravillándome con la habilidad de la escritora para encontrar interpretaciones inesperadas a los hechos y dejándome con la sensación de haber sido engañado, de no haber descubierto al asesino ni por asomo. 
Y bien, sus novelas son ficción, así que, ¿dónde quedaban mis argumentos? ¿Podía dejar de pensar en sus libros y en la posibilidad de encontrar historias tan atractivas como las suyas? ¿No era tan importante para mí el hecho de posar mis ojos sobre textos que hablasen de realidades?

De ese modo, me planteé que, después de todo, la ficción quizá cubría un margen de la realidad humana: la creatividad, la imaginación, la emoción, lo etéreo, el placer. Sin dejar de abandonar completamente mis razonamientos iniciales, procuré acercarme más a menudo a la ficción literaria, siendo uno de los pasos el animar a varias amigas a encontrarnos con cierta regularidad para hablar de un mismo libro. Nació así un improvisado miniclub de lectura que se llamó Cuatro Gatos y del que, aunque tan efímero en su duración como la literatura en el impacto que suele ejercer sobre mí, guardo un buen recuerdo. 

No sé si fue desde entonces, creo que sí, que tomé la costumbre de leer novelas con mucha más frecuencia, y quienes seguís mis lecturas, por ejemplo en el blog en el que las comento (www.librosprosaicos.blogspot.com.es), podéis dar fe de ello.