Cuando no importa qué se observa que puede reducir gastos y mantener o incrementar los beneficios, se anuncia en todas direcciones. Es el caso de la inteligencia artificial, aunque inteligencia como tal no es.
Me abstendré de hablar de sus ventajas, que el lector ya conoce o supone.
Más bien pondré un ejemplo personal verídico de que, igual que un cuchillo, se trata de una herramienta teóricamente interesante que ya está cayendo en las manos de quien no debe.
He comprado un producto. Necesito hacer un trámite en relación con la compra, para lo que debo dirigirme online a la empresa que lo ha creado. Envío un email explicando la gestión que deseo llevar a cabo y, para mi sorpresa, me responden en apenas dos minutos. Dejo en suspenso cierta sospecha, contesto el nuevo correo y me contestan a su vez con la misma celeridad. Así, durante varios días, se inicia un intercambio de mensajes que no solucionan en absoluto el asunto. No solamente eso, sino que una amiga, relacionada también con el asunto, escribe a su vez otro email... ¡y recibe una información diferente a la mía, de modo que o bien lo que se me ha dicho a mí o lo que se le ha dicho a ella es contradictorio! ¡Nos están mintiendo!
Mi amiga encuentra un número de teléfono. Respiro aliviado y llamo. Responde un mensaje automático indicando que están teniendo problemas con la línea y que contactemos por email, donde un robot nos podrá atender las veinticuatro horas del día. Mi sospecha queda confirmada: los correos los estaba gestionando un robot.
Así que estamos ante un callejón sin salida y, a todas luces, tendremos que recurrir a una Oficina de Consumo donde, esta vez así, nos atenderá un ser humano.
Estamos en un momento histórico -ya desde hace muchos años- en los que cualquier avance se emplea con el objetivo de reducir recursos y, en consecuencia, aumentar los beneficios. Si además los gobernantes trabajan, en casi todos los casos, bajo la asunción de que los lobbies poderosos son quienes importan... ahí tenemos el resultado: el ser humano y su bienestar no son el fin último de la organización de la sociedad.
Lo llaman libertad, algunos.
Me abstendré de hablar de sus ventajas, que el lector ya conoce o supone.
Más bien pondré un ejemplo personal verídico de que, igual que un cuchillo, se trata de una herramienta teóricamente interesante que ya está cayendo en las manos de quien no debe.
He comprado un producto. Necesito hacer un trámite en relación con la compra, para lo que debo dirigirme online a la empresa que lo ha creado. Envío un email explicando la gestión que deseo llevar a cabo y, para mi sorpresa, me responden en apenas dos minutos. Dejo en suspenso cierta sospecha, contesto el nuevo correo y me contestan a su vez con la misma celeridad. Así, durante varios días, se inicia un intercambio de mensajes que no solucionan en absoluto el asunto. No solamente eso, sino que una amiga, relacionada también con el asunto, escribe a su vez otro email... ¡y recibe una información diferente a la mía, de modo que o bien lo que se me ha dicho a mí o lo que se le ha dicho a ella es contradictorio! ¡Nos están mintiendo!
Mi amiga encuentra un número de teléfono. Respiro aliviado y llamo. Responde un mensaje automático indicando que están teniendo problemas con la línea y que contactemos por email, donde un robot nos podrá atender las veinticuatro horas del día. Mi sospecha queda confirmada: los correos los estaba gestionando un robot.
Así que estamos ante un callejón sin salida y, a todas luces, tendremos que recurrir a una Oficina de Consumo donde, esta vez así, nos atenderá un ser humano.
Estamos en un momento histórico -ya desde hace muchos años- en los que cualquier avance se emplea con el objetivo de reducir recursos y, en consecuencia, aumentar los beneficios. Si además los gobernantes trabajan, en casi todos los casos, bajo la asunción de que los lobbies poderosos son quienes importan... ahí tenemos el resultado: el ser humano y su bienestar no son el fin último de la organización de la sociedad.
Lo llaman libertad, algunos.
