sábado, 26 de septiembre de 2015

El agua y yo.

Parece que últimamente el agua me invita a pensar, así que os hablo de ella.
En verano viajé a Brasil. Medio por casualidad pensé en la posibilidad de reservar un apartamento, y no una habitación de hostal como de costumbre. Se lo comenté a mi compañero de viaje y le pareció bien, pues llegábamos a Río de Janeiro a las seis de la mañana, hora a la que tener una habitación ya disponible es poco probable salvo que se esté dispuesto a pagar la noche por esas pocas horas. Mediante una web brasileña poco práctica conseguimos la reserva en una calle peatonal a apenas cinco minutos de la playa de Copacabana.
Se trataba de un piso antiguo de techos altos, una quinta planta. No había calefacción ni ventilador, ni nos hizo falta. Pero tampoco funcionaba el calentador. Eso nos obligó a calentar el agua en la cocina de gas y, con la ayuda de una pequeña jarrita, arreglárnoslas para disfrutar de nuestro necesario aseo diario.
De haberse tratado de un invierno frío (era invierno en Brasil, pero risa da a un español decir que aquello es invierno), la situación no habría tenido maldita la gracia. Yo puedo ser muy caluroso, pero cuando llega el momento de tocar el agua, soy más friolero que nadie. El caso es que la temperatura era agradable, por lo que darse una ducha, o baño, o el nombre que ese lavado improvisado pueda recibir, tuvo cierto encanto.
Lo que me llamó mucho la atención es imaginar que durante miles y miles de años, excepto por la temperatura del agua, los seres humanos nos debimos de asear así (cuando nos aseábamos): un recipiente, alguna esponja con un poco de suerte, jabón o algo similar cuando lo hubiere y poco más. Sin duda, lo más destacable es que con los pocos litros que vertía en una olla o en un cazo me sobraba. Ahí me di cuenta de que, por mucho que todos tengamos ducha o bañera y parezca la cosa más normal, desperdiciamos agua cada día de un modo abrumador. Incluso si estamos bajo la ducha el tiempo mínimo necesario para enjabonarnos y aclararnos.
Qué duda cabe de que, una vez regresé a mi casa, no me dediqué a servirme de un cazo para mi aseo diario. Es casi imposible tener una ducha y resistirse a usarla, con lo sencillo que es abrir un grifo que además está conectado a un calentador. Sin embargo, repito que el hábito de la ducha, por extendido que esté, me sigue pareciendo un desperdicio.
Por si se me olvidaba la aventura acuática brasileña, en el piso tercero de mi edificio una tubería se decidió a partirse en dos, así que cuando un chorro empezó a caer por la pared del patio de vecinos hubo que cerrar la llave general. La vida, el universo, o lo que fuere, se empeñaba en que usásemos menos agua. Y se empeñaba duro, pues el piso desde el que se escapaba estaba vacío, su dueño medio desaparecido por impagos y hubo que hablar con abogados para conseguir el permiso que le abriese el camino legalmente a un fontanero. Fueron, por tanto, cinco días de sequía durante los que solamente abríamos la llave general del agua un par de horas diarias y con eso debíamos tener suficiente.

En fin, ya he hablado del agua. Podría quizá otro día hablar del plástico, y en ambos casos estaría ejerciendo, con toda probabilidad, de futurólogo…

3 comentarios:

  1. Me has recordado de cuando iba al pueblo de mi padre en vacaciones de verano o semana santa. En esa casa tan antigua, los primeros años no teníamos ni ducha ni bañera, y por supuesto nada de agua caliente. Al principio me metía mi madre en un barreño para lavar ropa. Después ,según iba creciendo, a la palangana de la cocina, y finalmente cuando ya mi tamaño me lo impedía, por trozos. Por fín mi padre, con ayuda de mi tío, preparó un baño con media bañera(todo un lujo!). Pero aquella obra con pocos recursos, hecho con trozos de obras y piezas desechadas en vertederos ilegales, seguía careciendo de agua caliente. Si es que tampoco podría resistir una corriente superior a lo que tenía(110v) y cables de brea. Así que seguíamos con cazos de agua, pero ahora mucho más digno y con la intimidad y tranquilidad que da un pasador en la puerta. El procedimiento era calentar una cazuela de agua. Y echar el agua hirviendo en un cubo grande (creo que sería de pintura de los grandes o a saber...). Y ya en el baño lo mezclabas con agua fría al gusto. Y lo que dices, con un cubo tenías de sobra. Y lo bien que sentaba el final, echando el final del cubo por la cabeza. Ah!! Y en semana santa aunque haría menos de 10 grados en esa casa(calefacción, ¿qué es eso?), el final era como una sauna y dejabas atrás el tembleque del inició. Gracias por recordarme algo que tenía tan olvidado.
    Y ya veo que has tenido experiencias para recordar. Esperando más sobre tus viajes!

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  2. No es la unica utilidad del aseo sin la que hemos estado durante milenios... y que aun no se encuentra en todas partes.

    http://www.youtube.com/watch?v=ixJgY2VSct0

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  3. :) Wauuuuuuu, sí que te fuiste a marchar lejos. Jamás he dado el "salto" al charco....siempre he estado en Europa y algunas horas en África, pero nada más. Siempre he soñado con viajar al NuevoContinente pero mis preferencias son Canadá (la zona francófona)...y el gran sueño...¡¡Australia y pasar el día de fin de año disfrutando sobre ese famoso puente de la Bahía de Sydney de sus expectáculares fuegos artificiales!!!

    Mi prima va mucho a Brasil, de hecho vivió allí algunos años. Su pareja es de allí y aunque ahora viven aquí, siguen viajando un par de veces al año allí. Es un país tan inmenso....y mira, pasará de todo, pero esto te ha servido para disfrutar de seguro más de cada vez que abras el grifo de casa y por supuesto, de contarnos esta anécdota.

    Las mías no son tan "crudas"...imagino en mi caso he de organizarlo tanto, que aunque también me llevo sorpresas, por fortuna ninguna así, me daría todo el viaje y no habrías más que volverme antes de llegar vaya. Un abrazo y me encantó contarás:)

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