sábado, 5 de diciembre de 2015

La alteridad en educación.

Aunque el título de este artículo pueda hacer pensar el lector que me propongo divagar sin fin sobre un mundo tan extenso (y en el que casi cualquiera se siente capaz de opinar) como el de la educación, me voy a limitar a un ejemplo personal y particular que me llevará bastante pocas palabras.
Es pronto para echar las campanas al vuelo, ya que el barco se puede hundir en cualquier momento; sin embargo, el barco zarpó hace casi tres meses y sigue navegando, lo cual no es poco. Hablo de las clases de árabe a las que asisto. 
Hace unos años me apunté, por afán de aprender un idioma muy distinto al español, a clases de japonés, La razón por la que lo abandoné y me "resigné" a estudiar portugués (idioma que terminó gustándome mucho) fue porque asistir a las clases consistía en conocer decenas de palabras nuevas, estudiar y repasar ciento ochenta símbolos básicos (el hiragana y el katakana) e ir conociendo una gramática que parecía poco complicada. Es decir, las dificultades esenciales eran memorísticas, y ni disfruto de una memoria excelente ni encuentro placer en pasar cinco o seis años de mi vida tratando de memorizar cosas como misión primordial; tengo otro concepto del aprendizaje de un idioma. La profesora que me tocó influyó en parte, enseguida iré a ello.
Recientemente, precisamente tras terminar las clases de portugués (terminar es un decir, pero en Zaragoza solamente se puede aspirar a encontrar clases regladas hasta el nivel B1), barajé varias nuevas posibilidades y, poco convencido, acabé por escoger el árabe. Poco convencido porque se trata de un idioma complejo, muy distinto y supuse que haría aguas como había sucedido con el japonés.
Pero ha habido una diferencia fundamental. Por un lado, el idioma utiliza en esencia veintinueve letras; no son ciento ochenta (más miles de kanjis) como el japonés. Por otro, la profesora tiene fundamentalmente sentido común. En clase se van trabajando las letras, su caligrafía, después algunas palabras, el vocabulario, traducción de un idioma a otro, pronunciación, aspectos culturales... a un ritmo dosificado, medido, que tiene presente el bofetón cerebral que una lengua tan diferente representa para el estudiante. 
A pesar de ello, hay que ir a clase sin falta y ser exquisitamente constante estudiando y repasando el vocabulario, ya que cuesta retener cada palabra y se debe aprender no solamente cómo se dice sino su escritura, ya que una cosa ayuda a la otra. 
Mi reflexión quiere destacar el hecho de que, así como la profesora de japonés se limitaba a mostrar el significado de nuevas palabras y repetir las cosas a través de ejercicios mecánicos, en el caso de la de árabe las actividades son más variadas, el ritmo de avance en los aspectos del idioma y la cantidad de vocabulario está medido para disminuir la probabilidad de que el aprendiz se sature y todo ello, por ahora, es lo que está consiguiendo que el poco tiempo que yo me auguraba en clases de árabe haya sido un pronóstico errado. 
Como ya sabíamos, las propuestas del profesor, su modo de mostrar lo que enseña, influye decisivamente en el aprendizaje de sus estudiantes.




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