sábado, 14 de diciembre de 2024

Inu, prima, creación.

 Hace hoy dos meses falleció mi estupendo perro Inu. No me gusta decir "mi" porque no era mío, y si lo llamase mío, entonces yo también sería suyo a su vez. Al suceder de manera repentina, en un paseo que tuvo comienzo sin regreso, va llevando su tiempo asumir que él ya no está y recordar cómo es vivir sin sentirse junto a otro ser vivo que, para tu asombro, solamente quiere estar tranquilo, a tu lado y recibir amor. Sin duda, un fallecimiento (sí, incluso el de un animal) permite recordar la fragilidad del hilo vital que nos sostiene y el sumo desconocimiento que poseemos respecto a lo que mañana o la próxima semana aparecerá, lo cual a veces nos lleva también a gratas sorpresas.
Hace pocas semanas, le pregunté a una compañera de trabajo cómo le había ido el curso en línea que había estado haciendo durante esa mañana, a lo cual me respondió que en realidad había estado de entierro porque una prima suya, con solamente treinta y nueve años, había fallecido de un aneurisma de repente, dejando además pareja, hijos y supongo que padres.
Si bien la despedida de mi perro me tocó de modo mucho más profundo, por lo que sea conocer la joven edad de esa chica fallecida me dejó pensando una vez más en la suerte que tenemos de cada momento que vivimos. Me sorprendió, además, dejarme llevar por tal idea, que se escucha con cierta frecuencia pero que, personalmente, tiendo a considerar un poco cursi y casi tremendista.
Añadiré un tercer elemento a este relato verídico. En un libro sobre filosofía escrito a modo de divulgación que ayer comencé a leer, y en el que el autor, filósofo, emplea preguntas y reflexiones de sus hijos de escuela primaria, una de las preguntas que encontré fue si, en el caso de que exista un Creador así con mayúscula, llámele cada uno como quiera según su preferencia, tal Creador había originado la existencia en un momento inicial y ahora, quién sabe si con pequeños retoques ocasionales, se limitaba a observar lo que se iba desarrollando o si, por el contrario, a cada momento creaba el siguiente instante. 

Todo esto me lleva a lo dicho: a ese no saber mucho en realidad, a observar la realidad rápida del mundo actual como quien no se molesta en observar los árboles y casas que atraviesan como una ráfaga la ventana del tren en el que viajamos, a tratar de no dar nada por hecho, a jugar desde la alegría a suponer por un momento que el tiempo por delante sea mucho menos que el que creemos y, en definitiva, a acercarme a lo que, buscándolo o permitiéndolo, el día me lleve a experimentar. 

Creo que si uno aspira a simplemente ser, seleccionando los momentos en los que reflexionar sobre el futuro o el pasado, entrará en un camino sencillo que le aproxime a sí mismo, a sus emociones, y que la vida que desee vivir se sienta, por un lado, más próxima, más a mano, y por otro se pueda atrapar -sin apego- y transitar poniendo la mayor parte de nuestras células en ello.



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